Aunque resulta casi imperceptible, cada año se pierden grandes cantidades del suelo destinado a uso agrícola y que resulta imprescindible, no sólo para el sector alimentario, sino también para el textil y el energético y, por supuesto, para el medioambiente. Esta pérdida anual apenas llega a medio centímetro y puede pasar desapercibido para el ojo humano. Sin embargo, cuando se echa la vista atrás se percibe el enorme deterioro que está sufriendo este recurso a lo largo de los años. Esto es debido a que la capacidad de regeneración del suelo está muy lejos de ser suficiente para contrarrestar la erosión y degradación. Actualmente, es tal la descompensación entre el nivel de regeneración y el de pérdida que el suelo está catalogado como un recurso no renovable. Es necesario que pasen decenas o incluso centenares de años para recuperar el suelo que se está perdiendo en un solo año.

En este sentido, el proyecto LIVING SOILS nace con el objetivo de crear una red de cooperación entre distintos países para intercambiar y difundir buenas prácticas en el ámbito de la agricultura, que ayuden a rehabilitar los suelos y reducir su deterioro. “Nos alineamos con la idea difundida por la FAO de “Save and Grow”, es decir, intentamos sacar el máximo rendimiento de los cultivos pero de una forma sostenible y respetuosa con los suelos agrícolas”, explica Emilio Jesús González, investigador principal del proyecto y profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agronómica y de Montes de la Universidad de Córdoba.

Para ello, parten del concepto de la Agricultura de Conservación, que comprende una serie de principios para favorecer un uso más eficiente de los recursos naturales y mejorar su conservación, como el no laboreo y la siembra directa sobre rastrojos, el mantenimiento de cubiertas vegetales sobre el suelo para evitar la erosión y la rotación y diversificación de cultivos.

Entre los participantes en el proyecto, se encuentran varias entidades públicas turcas, agencias de desarrollo local y la Universidad de Iconio (Konya) de Turquía, la red de cooperativas italiana Lega Regionale delle Cooperative e Mutue, una entidad alemana orientada a la formación DEULA-Nienburg GmbH, la Federación Europea de la Agricultura de Conservación (ECAF) con sede en Bélgica y la Universidad de Córdoba, que participa a través del grupo AGR-126 “Mecanización y tecnología rural” -del que es responsable el Prof Jesús A. Gil Ribes- que cuenta gran experiencia y reconocido prestigio en la investigación aplicada de la Agricultura de Conservación en España y Europa.

Alrededor de 50 especialistas intervienen en el proyecto. Entre ellos se intercambiarán experiencias de éxito que hayan tenido lugar en cada uno de los países, tanto en relación con técnicas agrícolas como maquinaria. Además, se realizarán sesiones de formación para profesionales del sector de otros países. Finalmente se pretende que el resultado del proyecto sirva como punto de referencia para que profesionales del sector agrícola conozcan la importancia de implementar estas prácticas en su trabajo y cómo hacerlo.

La mayoría de los países que participan en el proyecto comparten características similares ligadas al sector agrícola. Son países mediterráneos, con climas semiáridos y suelos con bajo contenido en materia orgánica. Además, tanto España como Italia y Turquía tienen intereses comunes a la hora de adaptar la maquinaria de siembra para implementar técnicas agrícolas más respetuosas con el suelo. Requiere una gran inversión y un cambio radical en la forma de trabajar la tierra.

“Es más sencillo sembrar en un suelo labrado, como se lleva haciendo tradicionalmente, que en uno protegido por restos vegetales, sin embargo, la labranza favorece mucho más su erosión y, por consiguiente, su deterioro”, explica el investigador Emilio Jesús González. Dentro de las actividades a realizar, los expertos de otros países visitarán España, donde existe una extensa red de profesionales que practican la Agricultura de Conservación. Cabe recordar que España es líder europeo con unos dos millones de hectáreas en cultivos extensivos y leñosos, y que la finca Rabanales de la Universidad de Córdoba aplica el sistema de conservación en sus cultivos.

Además de ayudar a proteger el suelo de la erosión, el empleo de restos de cultivos anteriores como coberturas es una buena forma de compensar las emisiones de gases de efecto invernadero del sector agrícola. El dióxido de carbono que las plantas transforman en carbohidratos al realizar la fotosíntesis, queda al final almacenado en el suelo en forma de materia orgánica. “En la agricultura convencional, por el contrario, el carbono se emite a la atmósfera en forma de dióxido de carbono. Esto sucede por la combustión del carbono del suelo que se produce al labrar y que lo pone en contacto con el oxígeno de aire”, aclara Emilio Jesús González.

Para llegar a las personas que trabajan en el sector agrícola, se mantiene el contacto con cooperativas y asociaciones de agricultores y técnicos, entre ellos muchos jóvenes. Iniciar estos cambios permitirá a largo plazo ahorrar costes y mantener la producción, a la vez que se ayudará a conservar este recurso natural, tan castigado por décadas de agricultura intensiva, como es el suelo.

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