Seguro que todos han leído sobre el pasaporte COVID, las burbujas regionales, los corredores turísticos y demás medidas que muchos países están tomando para abrir sus fronteras a una nueva normalidad. Es curioso comprobar cómo hemos pasado de luchar por un mundo sin fronteras a defender que nadie entre en nuestro país, en nuestra provincia, en nuestro pueblo o que no acerque al umbral de nuestra casa. Ahora todos pensamos en abrir nuestras fronteras y nuestros salones así, de repente, para vender nuestros productos, nuestro sol y buen hacer Made in Spain, pero todavía tenemos mucho miedo. El gobierno busca crear un corredor turístico con Baleares y Canarias para estimular la llegada de viajeros alemanes, países como Australia y Nueva Zelanda están negociando crear un corredor trans-tasmanio para que sus habitantes puedan viajar de un país a otro sin controles sanitarios ni restricción alguna, poco a poco los gobiernos buscan cómo abrir su economía este verano de forma muy escalonada y con ciertas garantías. La garantía de que vengan y vayan turistas sin el COVID-19 o que ya estén inmunizados es haciendo pruebas y más pruebas.

Como estamos haciendo todos nosotros, a pequeña escala: compartir nuestro espacio vital y las recetas aprendidas durante el confinamiento con ciertas garantías.

Leí una maravillosa reflexión sobre el miedo en un libro muy recomendable para estos tiempos que corren, Guerra Mundial Z, de Max Brooks, hijo del reconocido director Mel Brooks: La única regla que entendí alguna vez, la aprendí de un profesor de historia en Wharton, no de uno de economía. “El miedo,” decía, “el miedo es el producto más valiosos de todo el universo.” Eso me cambió la vida. “Sólo enciende la televisión,” decía él. “¿Qué ves? ¿Gente vendiéndote productos? No. Esa gente está vendiéndote el miedo de tener que vivir sin sus productos.” El maldito loco tenía razón. Miedo de envejecer, miedo a estar solo, miedo a la pobreza, miedo a fracasar. El miedo es la emoción más simple que tenemos. El miedo es primitivo. El miedo vende. Ese era mi lema: “El miedo vende.”

En este caso, el miedo al contagio es lo que nos han vendido durante más de dos meses y ahora, de repente, nos venden -y vendemos- todo lo contrario: salgamos todos a rescatar la economía comprando, consumiendo y viajando. Pero el miedo sigue ahí, vivo y muy coleando, por nuestra supervivencia evita que salgamos a comprar más de lo absolutamente necesario, que vayamos a un restaurante donde vemos demasiada gente o alguien tosiendo, que pensemos en viajar, menos aún en avión, que queramos hospedarnos en un hotel grande o que incluso tengamos miedo de ver a ese amigo o familiar que ha pasado la COVID 19. Por supuesto que hay personas mucho menos aprensivas, pero el miedo también es bueno y necesario, en una dosis adecuada. En la evolución de nuestra especie, los que no tuvieron nada de miedo no sobrevivieron para contarlo, por ser demasiado arriesgados, y aquellos que tuvieron demasiado miedo no pudieron avanzar ni adaptarse a los nuevos retos que iban surgiendo. Al fin y al cabo, estamos aquí por aquellos que sobrevivieron para contarlo y usted, probablemente, quiere seguir siendo uno de ellos.

Planificando nuestras “vacaciones COVID” y como intentan muchos países, todos buscamos nuestra pequeña burbuja para disfrutar de este verano: nuestra familia y amigos, nuestro municipio, nuestra provincia, nuestro país, como hiciera Nueva Zelanda con sus ya famosas burbujas sociales donde sus habitantes iban ampliando su círculo social poco a poco y con mucho cuidado. Una casa rural en vez de un gran hotel, viajes en coche en vez un viaje en avión o en barco, etc. Parece que cuanto más pequeña sea esa burbuja, diez, cien o mil personas, menos miedo tendremos, pero el problema es que el virus sigue ahí, a la vuelta de la esquina, en una tienda o en un supermercado, tanto en un bar como en un avión, en un centro comercial o en la playa, por eso deberíamos crear pequeñas burbujas, pero lo más seguras posibles haciéndonos las pruebas del COVID-19, como empezó a hacer la aerolínea Emirates, la primera en hacer test rápidos a todos sus pasajeros desde mediados de Abril.

¿Cómo podría uno dejar de tener miedo, ese miedo que nos cuesta tanto quitarnos del cuerpo? Miedo no ya por nosotros sino por el posible contagio a todas las personas de riesgo de nuestra pequeña burbuja social. Es evidente que podemos prevenir siguiendo las reglas que todos conocemos tan bien, el uso de mascarillas, mucha higiene, distancia social, etc, pero también necesitamos hacernos pruebas para saber dónde estamos en cada momento respecto al coronavirus ¿Nos hemos contagiado ya?, ¿somos inmunes?, ya que no hay peor enfermedad que una enfermedad imaginaria. No saber da más miedo aún.

Es absolutamente esencial tener acceso a pruebas y métodos de diagnóstico de COVID-19 lo más fiables y eficaces que sea posible. Nuestro laboratorio realiza y distribuye los tres métodos de detección del virus y sus anticuerpos con la más alta fiabilidad. Tanto la prueba PCR, que en nuestro laboratorio tiene una eficacia del 99,9% al detectar 3 regiones del ARN viral, como las pruebas de detección de anticuerpos: tests rápidos y ELISA. Desde Life Length también nos sentimos orgullosos de poder ofrecer los mejores y más eficaces tests rápidos de detección de anticuerpos (IgG e IgM) del mercado español, con una especificidad y sensibilidad de 98,6% y 99,6% respectivamente, como indica un estudio con la colaboración de la Universidad de Yale.

Fotografía de David Vilches

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