En estos días, nadie desconoce que el coronavirus provoca el síndrome respiratorio agudo y severo, SARS de sus siglas en inglés (Severe Acute Respiratory Sindrome). Dado que los síndromes de estrés respiratorio (neumonías) pueden ser causados por distintos patógenos, a la enfermedad causada solo por el coronavirus se la denomina COVID-19 (CoronaVirus-Induced-Disease). Las cifras de la COVID-19 de la OMS, del día 9 de abril 2020 (15 h, España) son de 1.438.994 casos y 85.586 muertes confirmadas en 214 países desde el inicio del brote, ocurrido en Wuhan, China, a finales del 2019.

El apellido de familia1 es coronavirus, pero su nombre propio es SARS-CoV-2 (o también “nuevo coronavirus” nCoV-19). La familia del coronavirus pertenece a un gran grupo que aglutina muchas familias y que se caracteriza por su material genético (ARN de simple cadena). Otros miembros de este gran grupo, conocidos por provocar enfermedades humanas incluyen: el virus del dengue, que se transmite por la picadura de mosquitos; el virus de la hepatitis C (que mata cada año 350.000 personas en el mundo y se transmite por contacto con sangre infectada); y varios miembros de la familia influenza, que provoca la conocida gripe estacional. Los virus de esta familia influenza llevan entre humanos, al menos, 100 años, desde el primer brote registrado en 1918 (la gripe española). La OMS estima que esta familia podría causar, anualmente, entre 3 y 5 millones de casos graves, con 290.000-650.000 muertes por complicaciones respiratorias. Al igual que el SARS-CoV-2, la familia influenza se transmite mayoritariamente por gotas de personas infectadas que se expulsan al toser o estornudar. En general, los virus de ARN mutan con extrema facilidad, lo que puede traducirse en brotes de contagios.

El SARS-CoV-2 lleva su nombre1después de otro miembro de la familia coronavirus, el SARS-CoV, que en 2003 causó un brote en China, con alta letalidad (10%), pero poco extendido geográficamente (menos de 8.000 contagios). Otros miembros de la familia coronavirus se han encontrado en murciélagos y también en erizos, incluso en ratones. Se piensa que desde el brote del 2003 haya quedado reservorio viral en estos animales y diversas mutaciones hayan generado este nuevo virus que se ha transmitido al humano. Otro miembro de la familia muy cercano es el MERS (Middle East Respiratory Syndrome) cuyo reservorio parece ser el camello. Esta transmisión entre especies (zoonosis) no es un caso aislado, se conocen muchas otras (e.g virus de la gripe, con recombinaciones de aves, cerdos; el SIDA, Ébola, fiebre amarilla, desde primates no humanos, etc.). Uno de los problemas de los reservorios en animales es que dificultan enormemente la posible erradicación de estos virus.

Por tanto, nos encontramos con un virus que pertenece a una familia conocida pero con nuevas características, lo que ha provocado un brote extremadamente contagioso y ha saturado los sistemas sanitarios de las zonas afectadas. Sin cuidados, puede ser mortal para personas vulnerables (personas mayores o con patologías previas, incluyendo diabetes y enfermedades pulmonares y cardiovasculares). Según la OMS, a diferencia de otros virus con altísima letalidad (como el Ébola o el HIV, virus del SIDA, que en 2018 se cobró 770.000 vidas), el sistema inmune consigue defenderse sin necesidad de tratamiento en el 80 % de personas infectadas por SARS-CoV2.

La COVID-19 se sospecha con el cuadro clínico y la imagen radiológica de pulmón. Para el diagnóstico es necesario un método muy preciso que detecte únicamente este virus y no otro de las familias cercanas que hemos comentado antes y que también pueda causar síndrome respiratorio. Hasta la fecha, la prueba más fiable es la llamada RT-PCR a partir de muestras nasofaríngeas. La OMS recoge una serie de protocolos de esta técnica que se han elaborado en distintas instituciones o centros de control de enfermedades infecciosas (CDC; Centres for Disease Control) de varios países. Distintas empresas están sacando al mercado pruebas rápidas que detectan los anticuerpos que la persona infectada ha podido desarrollar contra el SARS-CoV-2, y que podrían ser muy útiles para detectar personas inmunizadas, hayan tenido o no síntomas.

En la actualidad, no hay tratamiento específico para la COVID-19. En los casos graves, además de aportar oxígeno, se pueden administrar tratamientos antivirales (diseñados para otros virus); antiinflamatorios; o la hydroxychloroquina (tratamiento de malaria), que están en fase experimental.

Algunas líneas de investigación están estudiando la terapia pasiva con anticuerpos, es decir, la transfusión de suero de personas ya curadas a pacientes. Una revisión publicada en el Journal of Clinical Investigation (13Marzo2020) ha examinado los riesgos-beneficios de este tipo de tratamiento, recogiendo datos y ensayos de otras enfermedades virales, incluido el SARS del 2003. La conclusión del artículo es que con las medidas de control y seguridad adecuadas es una terapia muy prometedora para frenar brotes como el actual. Poco después (27marzo20), la prestigiosa revista JAMA ha publicado el espectacular resultado en pacientes críticos de COVID‑19, recuperados con suero de sujetos inmunizados. El artículo reconoce las limitaciones del estudio: no hay grupo control placebo. Esto significa que no se puede determinar si se hubiesen curado, o no, sin este tratamiento. En cualquier caso, existen proyectos en esta prometedora línea en varios países europeos, incluida España.

En cuanto a una posible vacuna, a fecha de 20 de marzo, la OMS ha mostrado un borrador de los ensayos en marcha; en esa fecha había dos ensayos clínicos en fase 1 y 42 ensayos preclínicos (modelos en animales) llevados a cabo por diversas empresas y centros de investigación de todo el mundo.

El Comité Internacional de Regulaciones en Salud (International Health Regulations Review Committee) ya alertó en 2011 de que el mundo no estaba preparado para posibles pandemias, accidentes o desastres naturales. Según esas mismas fuentes, Italia y España tenían planes de actuación antes, pero no después del brote de gripe en 2009. También la OMS ha alertado de la escalada de enfermedades como consecuencia del cambio climático.

En otras palabras, para protegernos de los patógenos es fundamental fortalecer las defensas, tanto nuestro sistema inmune como el sistema sanitario y la investigación. Las personas con sistema inmune delicado son más susceptibles de contraer infecciones; un sistema sanitario sin medios no puede defender a la población vulnerable, y sin investigación no tendremos el conocimiento necesario para saber cómo defendernos.

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