El potencial carcinogénico de la carne procesada está bien establecido desde hace tiempo – está clasificada como cancerígena para los humanos por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) – con sólidas pruebas epidemiológicas que vinculan su consumo regular con un aumento significativo del riesgo de cáncer colorrectal. Sin embargo, la nueva investigación proporciona datos a gran escala que amplían el espectro de evidencia en otros tipos de cáncer: según los resultados, por cada aumento de 30 gramos de carne procesada al día, el riesgo de adenocarcinoma gástrico aumenta un 9% y el de adenocarcinoma esofágico un 13%.

Estas son las conclusiones a las que ha llegado el nuevo estudio europeo liderado por el grupo de investigación en Nutrición y Cáncer de IDIBELL-ICO, publicado recientemente en el International Journal of Cancer. El estudio se basa en datos de la cohorte EPIC (European Prospective Investigation into Cancer and Nutrition), uno de los mayores estudios prospectivos del mundo en nutrición y cáncer, con más de 450.000 participantes europeos y un seguimiento medio de más de 14 años.

«Estos resultados amplían la evidencia disponible sobre la relación entre la dieta y el riesgo de desarrollar cáncer y, por tanto, destacan la importancia de la dieta en la prevención de esta enfermedad», explica el Dra. Paula Jakszyn, directora del estudio. «La generación de este tipo de evidencia contribuye a mejorar el conocimiento disponible en el campo de la prevención primaria y proporciona información relevante para orientar futuras recomendaciones de salud pública«, añade.

Carne procesada y cáncer: nueva evidencia en tumores digestivos

Según su origen y procesamiento, la carne puede clasificarse en tres grupos principales. La carne roja incluye la carne de mamíferos como la carne de vacuno, cerdo o cordero. La carne blanca se refiere principalmente a aves como el pollo o el pavo. Por otro lado, la carne procesada es la que ha sido modificada, ya sea para mejorar su sabor o su conservación, mediante diversos procesos (curado, ahumado, salada o adición de conservantes). Así que, cuando hablamos de carne procesada, nos referimos a alimentos como embutidos, jamón, salchichas o bacon, entre otros. Estas diferencias son relevantes, ya que tanto la composición nutricional como los procesos de transformación influyen en la salud de manera distinta.

Esto se refleja en los resultados del estudio. Aunque no se ha encontrado una asociación significativa entre el consumo de carne roja y el riesgo general de cáncer gástrico o esofágico, se ha comprobado que una mayor ingesta de carne procesada se asocia con un mayor riesgo de desarrollar cáncer gástrico y adenocarcinoma esofágico. La asociación es especialmente notable en el caso del cáncer gástrico intestinal, uno de los principales subtipos de la enfermedad. El análisis por subtipos de tumores y localización anatómica – una de las fortalezas del trabajo – nos ha permitido observar que esta asociación se mantiene en diferentes formas de la enfermedad.

Además, se han observado resultados adicionales que deberán confirmarse, como una posible asociación entre el consumo de carne blanca y el riesgo de cáncer gástrico en ciertos subgrupos, especialmente en mujeres.

En línea con las recomendaciones de salud pública

Estos resultados se alinean con el conocimiento existente. La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que el consumo de carne procesada está relacionado con un mayor riesgo de ciertos tipos de cáncer, aunque el riesgo individual es relativamente bajo y depende de la cantidad consumida.

Por esta razón, los organismos de salud pública recomiendan moderar su consumo y situarlo dentro de un patrón dietético globalmente saludable. En la misma línea, en Cataluña se promueve limitar la frecuencia de consumo de carne procesada y priorizar los alimentos frescos y de origen vegetal. «El riesgo global depende de la dieta y el estilo de vida en su conjunto, que incluyen otros factores igualmente importantes, no solo del consumo individual de carne procesada. Debemos ser cautelosos y siempre priorizar una dieta equilibrada y variada», señala el Dra. Paula Jakszyn, investigadora en IDIBELL e ICO.

Así, este estudio aporta nuevas evidencias en un campo clave de la salud pública y refuerza el papel de la dieta como factor modificable en la prevención del cáncer. Los investigadores enfatizan que «a partir de la investigación, continuaremos investigando la relación observada en nuestro estudio para comprender mejor los mecanismos implicados y las diferencias entre individuos», concluye Catalina Bonet, investigadora en IDIBELL e ICO y primera autora del estudio.

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