Jordi Naval asumió la dirección de la Fundación Bosch i Gimpera (FBG) de la Universidad de Barcelona el pasado julio. Licenciado en Farmacia por la UB y en Bioquímica por la UAB, Naval ha cofundado cinco empresas del ámbito de la salud: Infociencia, Anaxomics, Enemce Pharma, Genocosmetics y HIV-Therapeutics. Todas ellas tienen como denominador común la transformación de diferentes tecnologías en productos y servicios con valor social y económico. Asimismo, es fundador y presidente de la Fundación Escuela Emprendedores, una entidad sin ánimo de lucro dedicada a la formación en emprendimiento y conocimiento de la empresa entre los estudiantes de ESO, ciclos formativos, grado y posgrado. Con poco más de tres meses al frente de la FBG, explica su visión sobre la transferencia de conocimiento en Cataluña, y cuáles serán las líneas directrices de su nueva labor.

¿Barcelona tiene buen potencial para ser un centro de transferencia de conocimiento e innovación?

Hay gente que dice en público que podríamos ser el nuevo Boston, en el sentido de que tenemos la suficiente concentración de universidades, de empresas, de capital humano en un territorio determinado. Todo ello son procesos, son masas críticas que se dan en un lugar determinado y que transforman completamente la economía de una ciudad y su área. Para llegar a ese punto hacen falta varios elementos. El primero es nivel científico, que sí que lo tenemos, y es el más fácilmente objetivable e indiscutible. Estamos en el grupo avanzado: ni mejor ni peor que Alemania, que Inglaterra, que Estados Unidos. Se asume que, si eres bueno en publicaciones científicas, gran parte de esta ciencia que publicas debe poder transferirse.

¿Qué hace falta para que sea transferible? Hacen falta básicamente dos cosas. Primero, personas en el ecosistema de innovación que tomen la transferencia como una tarea personal. Suelen ser, como en el caso de Boston, emprendedores, inversores o gente de la Administración que tienen una función de conectores, estimuladores y catalizadores de la transferencia. También pueden ser instituciones. En Israel, por ejemplo, ese papel lo desempeñan las instituciones de transferencia. La segunda cosa necesaria es capital. Pues bien: ambas cosas las tenemos ahora mismo en Cataluña, en Barcelona. Y están desarrollándose de una forma bastante espectacular. Por ejemplo, en el campo del emprendimiento en Internet y nuevas tecnologías, no sé si estamos en una burbuja o no; pero es extraordinario el número de empresas bien financiadas, de emprendedores, de inversiones que se hacen aquí, de fondos extranjeros que invierten directamente en compañías de aquí. Los ámbitos son diversos: desde tecnología financiera (fintech) a aplicaciones telefónicas, e-comercio, internet de las cosas... Es un momento espectacular.

En el campo biotecnológico, por ejemplo, si cuentas las inversiones que ha habido estos meses, se han invertido en Barcelona, en Cataluña, casi cien millones de euros en cinco o seis empresas biotecnológicas en un año. Es una cifra muy importante. En estas inversiones, gran parte de los fondos provienen de fuera. O sea, además de fondos locales —como Caixa Capital Risc, Ysios Capital, HealthEquity o Inveready, que son los fondos de inversión locales en ciencias de la vida—, se han conseguido fondos extranjeros, fondos americanos, europeos, que han creído en proyectos creados aquí.

Como científico, yo hablo de hipótesis, y la hipótesis que circula ahora mismo es la siguiente: Barcelona is the next big thing. The place to be. Tú eres un inversor de San Francisco o de Boston, un inversor en ciencias de la vida (aunque esto es aplicable a cualquier otro campo), y dices: quiero invertir en diez proyectos de biotecnología. Primero buscaré los proyectos que tengan una investigación más sólida. Los que tengo sobre la mesa son proyectos americanos, de Heidelberg ..., y proyectos de Barcelona. Pero si miras los americanos, dices: es que aquí hay tanto dinero en circulación, y los americanos son tan listos, que estos proyectos tienen una valoración muy alta. Es decir, son caros. Pero en cambio, en Barcelona tengo menos competencia de otros inversores. Por lo tanto, en cierta forma, mi dinero es más eficaz invertido en Barcelona que en San Francisco. Puedo tener mejor rendimiento en Barcelona que en San Francisco. Y esta es exactamente la hipótesis que está circulando ahora.

Pero, hoy por hoy, se dice que la investigación que se hace en Cataluña no se transfiere, no llega a la sociedad.

Desgraciadamente, es perfectamente cierto. El número de publicaciones científicas de las universidades y centros de investigación catalanes está al máximo nivel: ese es un dato objetivo. Objetivamente también, en cuanto a patentes, spin-offs..., la riqueza que genera la investigación es mucho más baja de lo que nos correspondería (otra cosa es el impacto económico en conjunto de la Universidad sobre la sociedad, que es muy alto).

Una propuesta para cambiar esta situación es, primero, ampliar el campo de visión de los investigadores. Además de pensar en su investigación, que es excelente, también es necesario que piensen en cómo esa investigación puede beneficiar a la sociedad, beneficiar a los pacientes si hablamos de biomedicina, beneficiar a los usuarios si hablamos de instrumentos electrónicos, beneficiar la producción de detergente si hablamos de química... ¿Y cómo se logra esta ampliación del campo de visión? Básicamente, fomentando el diálogo y la interacción personal de los investigadores con tres grupos de personas que son fundamentales.

Primero, con emprendedores que sean de su mismo sector. La mejor forma de que un investigador se imagine cómo su producto puede llegar a la sociedad es que hable con alguien que ya lo haya conseguido anteriormente. Esta figura de los emprendedores en serie, que ya han creado empresas de base tecnológica —y que es una figura muy americana, muy anglosajona— es central en el ecosistema de la innovación. Su función es incentivar, animar, guiar a los investigadores para que sigan sus pasos sin cometer los errores que ellos han cometido.

En segundo lugar, hay que interaccionar con financiadores, con inversores. Este es el grupo de gente que tiene el dinero para ayudar a hacer esa transferencia de conocimiento, y que también tiene unas ideas muy claras sobre qué es transferible, que es valorizable y qué no.

Y en tercer lugar, obviamente, es necesario fomentar la interacción con las empresas. Las empresas piensan en términos de producto, los investigadores piensan en términos de investigación, y se deben conocer mejor unos a otros.

¿Qué papel debe desempeñar en este tema la Administración?

La Administración —y esto es gratis— debe fomentar de diversas formas esa interacción y ese diálogo. Para empezar, es un problema de diálogo. Esa es una parte importante y que requiere pocos recursos, requiere simplemente cambios organizativos y la promoción de nuevas actividades que no cuestan mucho dinero. Por otra parte, existe obviamente una cuestión de dinero, de instrumentos financieros que faciliten la transferencia y que responsabilicen a todas las partes. Una subvención es interesante, obviamente: nadie dice que no a una subvención. Pero es mejor, por ejemplo, trabajar con formatos como préstamos blandos, garantías, participación pública en fondos de inversión privados. En este último tipo de financiación, por ejemplo, algún particular se juega su dinero invirtiendo en proyectos que son transferibles; pero su inversión está acompañada y complementada con fondos públicos, que proporcionan a los proyectos una dimensión mínima de capital para que sean eficaces.

¿Cuáles son los elementos necesarios para que funcione la colaboración universidad-empresa? En la FBG hay ejemplos de colaboraciones exitosas que ya llevan muchos años funcionando.

Básicamente son tres cosas. Hay dos formas de acercarse a una empresa. Una es presentarle el catálogo de todo lo que puede hacer la Universidad de Barcelona, que es básicamente todo (técnicamente, la oferta que tenemos es infinita). Pero esta forma no es muy eficaz. La forma más eficaz de hacerlo es preguntar a la compañía qué problema tiene. Es decir, cuál es su problema de producción: ¿cuál es el mercado, la tecnología que quiere desarrollar y no sabe cómo? ¿O qué cosas tiene ya y quisiera mejorar internamente? Lo primero, pues, es preguntar qué retos tienen las compañías, a corto o a largo plazo. La segunda cuestión es pensar en términos de producto: para una empresa, el valor es que su producto sea más eficaz, más barato, mejor, de más calidad, que dé más satisfacción al cliente. Y la tercera pata presente en todas las colaboraciones exitosas es que haya un respeto muy claro en los directivos o los responsables de I+D de la empresa hacia el valor añadido que te está dando el investigador universitario con sus horas, su conocimiento, su equipamiento, su especialización, que hemos pagado entre todos. Le ha costado muchos años a él, al grupo de investigación y a la Universidad adquirir ese conocimiento. Eso se debe respetar formalmente, y se debe pagar el valor que tiene.

Desde su nuevo cargo, ¿cómo concibe la misión de la FBG?

Nosotros, desde la Fundación, tenemos que hacer de catalizadores profesionales de estas interacciones. No podemos crear compañías como Administración, sino que debemos catalizar la creación correcta de compañías. No se trata de que nosotros tengamos que decir qué necesita o no una empresa: nosotros hemos de catalizar el diálogo entre los investigadores y las empresas. Tenemos que estar presentes ahí y hacer de traductores. Seríamos como un sincrotrón: deberíamos acelerar las partículas para que chocaran, interaccionasen y, de esos choques e interacciones de partículas empresariales y de partículas de científicos, surgiesen nuevas energías.

¿Qué objetivo le gustaría alcanzar en los próximos años al frente de la FBG?

El objetivo general es sacudir el ecosistema. Y catalizar más interacciones y más choques. Hacer interaccionar a los investigadores y grupos de investigación —que tienen un enorme potencial— con nosotros, evidentemente, con la FBG; pero sobre todo con emprendedores científicos que hablan un lenguaje similar, con inversores, con posibles compradores de esas tecnologías, con empresas.

Cuantificar un objetivo es muy difícil; porque depende de factores que no están bajo nuestro control. Los universitarios, los investigadores, han hecho un enorme esfuerzo en los últimos cinco años para investigar con pocos recursos. Todos los recortes les han afectado muchísimo: ha sido una época muy dura. Y no tenemos claro en qué lugar de la curva estamos, si estamos en la parte de subida, de remontada, estables, de bajada... Lo que sí me gustaría, como objetivo cuantificable, es que, pronto, la mayoría de investigadores que hoy no se plantean qué es una spin-off, qué es una patente o qué es una licencia, porque lo ven muy complicado, entiendan este lenguaje y lo consideren dentro de sus opciones. Que no solo vayan a buscar dinero sistemáticamente a un proyecto europeo, una beca, una subvención; sino que amplíen su marco de opciones de financiación para hacer su investigación con empresas, con la creación de spin-offs, la venta de patentes o de licencias de tecnología. Quiero que interaccionen con emprendedores, inversores mentores, empresas... Que todo esto forme parte del lenguaje natural de los investigadores y de su agenda: pienso que sería una forma de poner unos buenos cimientos para lo que vendrá después.

Fuente: Fundació Bosch i Gimpera

http://www.fbg.ub.edu/post/es/273
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