Mientras dormimos, el cuerpo se recupera de las experiencias ocurridas durante el día. Las horas de descanso, pues, son claves en la preparación física y mental para afrontar el nuevo día y, sin embargo, uno de cada tres niños y adolescentes no descansa las horas de sueño necesarias y esto incide en su salud física y mental, en su rendimiento académico y en su estado emocional.
El último informe FAROS de la Escola de Salut del Hospital Sant Joan de Déu Barcelona detalla qué efectos negativos tiene la falta de horas de sueño en los niños y adolescentes:
Un 17% de los niños españoles van con sueño a la escuela y un 4% se duerme en clase.
La falta de descanso también dificulta el aprendizaje e incide en el rendimiento académico de los niños. “El sueño es un estado de reposo, lo que nos puede inducir a pensar que el cerebro está en pausa, pero en realidad ocurre todo lo contrario. Mientras dormimos, recuperamos de alguna manera la funcionalidad del cerebro y revertimos los daños que se han generado durante el día. Por eso, es fundamental para el aprendizaje, la atención y la memoria”, explica Òscar Sans, coordinador del informe. Algunos estudios muestran que dormir menos de diez horas hasta los tres años y medio comporta un riesgo hasta tres veces mayor de tener una función cognitiva baja (menor atención y memoria) a la edad de seis años.
La realidad, sin embargo, es que muchos niños no duermen las horas necesarias y, en consecuencia, no descansan suficiente. Un 17% de los niños españoles van con sueño a la escuela y un 4% se duerme en clase. Las cifras son especialmente preocupantes en el caso de los adolescentes. Alrededor del 52% confiesa que acude a clase habiendo dormido menos de ocho horas y el 84% tiene dificultades para despertarse. Presentan el llamado 'jet lag' social (alteración sustancial del momento de ir a dormir los fines de semana, en más de dos horas, respecto al resto del día) que, en el 24% de los adolescentes, tiene como resultado un peor rendimiento escolar.
Implantar hábitos saludables
En este contexto, el informe FAROS ofrece pautas y recomendaciones para mejorar la calidad del sueño en niños y adolescentes. Unos buenos hábitos de alimentación, la práctica de actividad física (preferiblemente al aire libre y mucho antes de ir a dormir) y la implantación de hábitos saludables en relación con el sueño (regulación de la luz, ruido, temperatura y limitación del uso de pantallas antes de dormir) pueden contribuir a regular de manera adecuada el ritmo circadiano y a obtener un sueño de calidad. “Existe una relación recíproca entre rendimiento escolar y descanso. Es importante saberlo porque si se sientan unas buenas bases para la adquisición de hábitos de sueño saludables se estará trabajando también por un mejor rendimiento escolar”, explica Sans.
Los autores del informe recalcan que el déficit de sueño de los padres también incide en el de los hijos ya desde antes de nacer. Desde los seis meses de gestación, el feto presenta fases de sueño reconocibles y, por lo tanto, los hábitos de sueño de la madre y su estilo de vida pueden afectar a la calidad del sueño del hijo incluso antes de nacer. Y ya durante la infancia, los padres que presentan déficit de sueño tienden a tener una crianza más dura y menos positiva con sus hijos. “Por ello, para mejorar el sueño de los niños también es importante mejorar el sueño de sus padres”, señala Sans.
El insomnio es el trastorno del sueño más prevalente en niños y adolescentes: afecta a entre un 20 y un 40% de la población infantil.
Trastornos del sueño más frecuentes en la población infantil
Se estima que uno de cada tres niños presenta un trastorno o alteración del sueño que repercute en su conducta, actividad social y rendimiento académico. El informe detalla cuáles son los más frecuentes:
El insomnio es, de todos los trastornos del sueño, el más prevalente en niños y adolescentes. Afecta a entre un 20 y un 40% de la población infantil. El tratamiento de elección para abordarlo es la terapia cognitivo-conductual, con la cual se busca modificar factores comportamentales (hábitos de sueño poco saludables, horarios de sueño irregulares), psicológicos (expectativas poco realistas, preocupaciones) y/o fisiológicos (excesiva activación) que perpetúan el insomnio. Gracias a la terapia cognitivo-conductual, el 70-80% de los pacientes consiguen una mejoría, aunque sólo el 40% de ellos alcanzan una remisión completa.
Existen pocos estudios sobre la eficacia y seguridad del tratamiento farmacológico del insomnio en niños. Solo existe un fármaco aprobado por la Agencia Europea del Medicamento, la melatonina, indicado para el tratamiento del insomnio en niños y adolescentes con diagnóstico del trastorno del espectro autista. A pesar de ello, la frecuencia de uso de fármacos para el insomnio en niños y adolescentes es parecida a la de los adultos. En Estados Unidos y en España el consumo de ansiolíticos e hipnóticos en su conjunto está aumentando y consolidando su tendencia al alza.
La melatonina es el hipnótico y cronoregulador del ritmo de sueño y vigilia que con mayor frecuencia se prescribe en niños a partir de entre uno y dos años y ha sido principalmente empleada para el tratamiento del insomnio crónico de los niños y adolescentes con diagnósticos de TDAH o TEA reduciendo las dificultades para quedarse dormidos y los despertares nocturnos.
Imagen: 15º Informe FAROS: El sueño en la infancia y la adolescencia y su impacto en la salud