En noviembre de 2025, conocimos la detección de dos casos de Peste Porcina Africana (PPA) en jabalíes silvestres que, posteriormente, darían lugar a más contagios en el entorno de Cerdanyola del Vallès y el Parque Natural de Collserola (Barcelona). Aunque España sufrió brotes recurrentes desde 1957, los casos observados en Cataluña son los primeros en nuestro país desde 1995, cuando se inició una etapa de tres décadas libres del virus tras su erradicación mediante control, sacrificio sanitario, restricciones de movimiento y mejoras de bioseguridad.

Aunque tenemos conocimiento del PPA hace más de un siglo, fue en los años 50 cuando llegó a Europa tras permanecer confinado en África durante décadas. Desde entonces, el aumento del comercio en todo el mundo nos obliga a desarrollar una coordinación internacional que permita controlar la expansión de un virus con una alta mortalidad en cerdos y, por tanto, con un elevado impacto económico. Más allá de sus implicaciones y desafíos, es importante destacar que no se transmite a las personas, es decir, no afecta a la salud humana ni supone un riesgo para el consumidor.

¿Qué es la peste porcina africana?

La peste porcina africana es un virus de ADN grande y muy complejo, distinto de otros virus conocidos que afectaban a los cerdos y único miembro de la familia de virus Asfarviridae, clasificado en 24 genotipos. Actúa destruyendo las células inmunitarias de los cerdos y presenta una gran resistencia ambiental, permaneciendo infeccioso durante semanas en estiércol, sangre seca, superficies contaminadas y productos cárnicos curados o congelados. Su estabilidad favorece su diseminación a través de restos de comida, embutidos, vehículos, ropa o material de granja, haciendo crítica la limpieza y desinfección. Además, su complejidad y variabilidad dificulta el desarrollo de una vacuna segura y eficaz, haciendo que su control dependa principalmente de la prevención.

La PPA afecta exclusivamente a suidos (cerdos domésticos y jabalíes) sin infectar a personas ni otras especies. En cerdos puede ser aguda, con fiebre alta, apatía, manchas hemorrágicas en la piel, problemas respiratorios y muerte rápida. O crónica en zonas endémicas, con animales que sobreviven, pero permanecen infectados, lo que complica su detección y control. La participación del jabalí como reservorio y dispersor en campo abierto supone un desafío, conectando ecosistemas silvestres con explotaciones domésticas a través de contactos directos e indirectos.

El contagio directo ocurre por contacto entre cerdos infectados y sanos, a través de fluidos corporales, por lo que la propagación es muy rápida en granjas de alta densidad. El contagio indirecto, favorecido por la resistencia ambiental del virus, se produce a través de restos de alimentos, camiones, jaulas, ropa y equipos contaminados. En algunas regiones, garrapatas específicas completan un ciclo silvestre que asegura la persistencia del virus.

Historia y expansión del virus

En 1921, cuando el veterinario R.E. Montgomery describió por primera vez la peste porcina africana en cerdos importados de Europa no se imaginaba las consecuencias globales que tendría un siglo después, convirtiéndose en una de las mayores amenazas sanitarias para la producción porcina mundial y para la seguridad alimentaria de numerosos países. Montgomery notó que los cerdos europeos importados a Kenia morían masivamente, mientras que los cerdos salvajes africanos (facóceros) actuaban como reservorio del virus, sin enfermar gravemente. Este hallazgo fue el primer ejemplo de enfermedad infecciosa emergente en África transmitida entre garrapatas, jabalíes y cerdos.

La enfermedad permaneció confinada al África subsahariana durante décadas, hasta 1957, cuando se detectó en Portugal, desde donde se propagó a otras partes de Europa, Asia y América, impulsada por el comercio internacional de animales y productos porcinos. En 2007, un brote en Georgia marcó un punto de inflexión, originando la expansión actual en Europa y Asia. Se cree que el virus llegó asociado a productos porcinos contaminados usados como alimento, extendiéndose a países vecinos del Cáucaso, Rusia y Europa del Este. La cepa de Georgia, muy virulenta, causó altas mortalidades y sirvió de referencia para estudios de laboratorio que han permitido caracterizar mejor el virus y su comportamiento epidemiológico.

En la actualidad, la PPA ha impactado gravemente en la Unión Europea a través de un sector porcino tecnificado y orientado a la exportación. Cada brote implica sacrificios, restricciones de movimiento, cierres temporales de mercados y costes de limpieza y desinfección, traduciéndose en pérdidas económicas muy elevadas para ganaderos y para toda la cadena de valor. A ello se suma la detección del virus en China, el mayor productor y consumidor de carne de cerdo del mundo, lo que amplificó el impacto global de la enfermedad con sacrificios masivos, precios elevados y la reorientación del comercio internacional. Sin embargo, al mismo tiempo, la experiencia china ha impulsado un refuerzo de la bioseguridad y la modernización de granjas hacia modelos más integrados y tecnificados, aunque esto también tiene efectos sociales y territoriales.

Medidas para un virus que se puede erradicar

Los últimos casos conocidos de la presencia del virus en jabalíes obligan a desplegar programas de vigilancia en fauna silvestre, campañas para cazadores y medidas de gestión de cadáveres, suponiendo una carga financiera y organizativa importante para evitar que la enfermedad se asiente. De hecho, la experiencia demuestra que la PPA puede erradicarse cuando se aplican medidas rigurosas de forma sostenida, como ocurrió en España, pero la globalización del comercio, el movimiento internacional de personas y productos y la expansión del jabalí hacen que el riesgo de reintroducción sea constante.

Los retos actuales pasan por mejorar la bioseguridad en toda la cadena, desde la granja hasta el transporte y gestión de residuos, mientras se refuerza la vigilancia en fauna silvestre. Es crucial continuar investigando vacunas para reducir la propagación del virus y las pérdidas productivas, así como herramientas diagnósticas más sensibles y de respuesta rápida, que facilitarían la detección temprana de brotes y la implementación inmediata de medidas de control. Estos avances son fundamentales para mejorar la vigilancia epidemiológica, reforzar la bioseguridad y mitigar su impacto en los sistemas de producción porcina.

En definitiva, la PPA se ha consolidado como un problema global que obliga a coordinar esfuerzos internacionales y a no bajar la guardia, especialmente en países con grandes cabañas porcinas y con un peso importante del sector en su economía, como es España.

María Montoya es investigadora en el Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas (CIB-CSIC)

CIB-CSIC Comunicación

comunicacion@csic.es

Imagen: Virus de la peste porcina africana. Ben Clark (Wikimedia Commons)

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